HISPANISTA - Vol IX 32 -enero - febrero - marzo de 2008
Revista electrónica de los Hispanistas de Brasil - Fundada en abril de 2000
ISSN 1676-9058 ( español)
ISSN 1676-904X (portugués)
Editora general: Suely Reis Pinheiro

Naturaleza, Paisaje y Sentimiento en la poética del Renacimiento.


Fátima Couras


Los poetas del Renacimiento siguieron la influencia de las corrientes clásicas, un estilo elaborado y culto, bien como la libertad de un ideal estoico y un ambiente horaciano.
Los poetas supieron encontrarse con sus quejas y dolores de amor y como “el sabio pudo vivir en sosiego, entregado a sus meditaciones y ajeno a toda clase de cuidado”. ( CALDERÓN, 1966, p. 130.) El ambiente bucólico ofrecía la arcadia de Virgilio, lo que exaltaba una vida primitiva y natural. La naturaleza ofrecía el mito clásico del paraíso perdido, el lugar y el tiempo de la felicidad. (LÓPEZ, 1986, p. 443.).

Cuando la aurora baña
con helado rocío
de aljófar celestial el monte y prado,
Salgo de mi cabaña,
Que de lascivo el pecho noble inflama;
Es mi dulce sustento
del campo generoso
estas silvestres frutas que derrama;
mi regalada cama
de blanda pieles rojas,
que algún rey la enviara,
y de ti, fuente clara,
que bullendo, el arena y agua arrojas,
estos cristales puros,
sustentos pobres pero bien seguros.
(LOPE DE VEGA, 2005, p. 73).

En el espacio pastoril, o de la naturaleza acuática tenía un valor plurisimbólico, a veces ríos deleitosos y fértiles; otras veces crueles e inhóspito como el mar de Fray Luís de León que con sus olas permanentemente embravecidas. De cualquier forma la presencia de la naturaleza ofrecía un modelo de vida perfecta, pero también sucedía algún hecho o acción de manera que servía a una lección moral de ejemplo, como:

Aquel que se retira
del vulgo y su discordia alborotada
si pone alta la mira
en la cumbre estrellada
tendrá aquel rato el alma descansada.

La vista se sustenta
con blandos rayos de apacible lumbre
y el alma se alimenta
viendo en aquella cumbre
orden, gobierno, paz y mansedumbre.
...................................................

De este dulce sosiego
de esta conformidad maravillosa
nos nace, Señor, luego
la obligación forzosa
para dezir de vos en verso y prosa.
(MOSQUERA DE FIGUEROA, 1955 pp. 125-126)

El paisaje arcádico era un lugar utópico y supuestamente más puro y espiritual; la naturaleza se animaba y reaccionaba con efectos panteístas. La reflexión poética consiste en la melancolía, con la verdad de la naturaleza que a través de sus astros y elementos no tenían ningún artificio era toda espontaneidad.
A eso respecto los poetas áureos fueron influenciados por los italianos como Sannazaro, efectos decorativos, ( BOCCHETA, 1976,p. 25) con la anticipación del barroco con intención sensorial y preciosista, como vemos aquí, pero también la exaltación de todo lo relacionado con la vida primitiva, el culto al campesinado con valores genuinos y puros donde hay reposo frente a la alienación de la ciudad.
De Las Églogas de Virgilio han tomado lo descriptivo y los detalles narrativos de los elementos, árboles, aguas cristalinas, prados verdes, todo era un espacio idílico, cuya función consistía en la ubicación ambiental del protagonista y su canto:

Hermoso valle y abundosa fuente,
Alegre prado, de árboles ornada
Sombría selva, cuando con terneza
os vía Leucotea, coronada
de toxas flores la dorada frente:
(HERRERA, 1997, p. 227.)

En la cultura renacentista se idealizó el mundo bucólico como un medio para que el hombre lograr la felicidad eterna, y en la poesía ese tema literario se reviste de una aurea mediocritas, con los placeres de la vida rústica, (AGRAIT, 1971, p. 46.), que son exaltados por el poeta como una condición para llegar a Dios, siguiendo la invitación a la serenidad estoica y senequista. En ese sentido, los astros y elementos naturales conllevan una significación especial presentan elementos unidos tanto en el campo retórico, como en el filosófico y religioso: en el retórico por las figuras de lenguaje y de estilo; en el filosófico, por la simbología de esos elementos naturales asociados a cuestiones existenciales; en el religioso, por la intención evangelizadora.

Pues de mi bello sol el rayo ardiente
mi débil vista ofende el claro día,
i tarde la suave llama envía
al pecho, que su aliente apenas siente,
vea yo en blanca luna su fulgente
esplendor, que se fuerza al mía,
no, por mi daño, incierta siempre fría
mas con florida luz i ardor presente.
(HERRERA, 1997, p. 508)

El hombre en la visión renacentista debe vivir con buen gusto y equilibrio, lejos del mundanal ruido en su locus amoenus, y la experiencia mística favorece ese recogimiento del alma. Según Avalle-Arce, “cuando la opresión del trajín ciudadano amenaza agobiar al hombre europeo, éste siempre dispara hacia los campos aunque la fuga ocurre bajo disfraces de mayor o menor diversidad” (AVALLE- ARCE, 1959, p. 3). Así, los poetas se rendían a los temas del beatus ille:

Yo, pues Señor, exento
Desta montaña y prado,
gozo la gloria y la libertad que tengo
Soberbio pensamiento
Jamás ha derribado
La vida humilde y pobre que sostengo.
Cuando la aurora baña
Con helado rocío
De aljófar celestial el monte , el prado,
Salgo de mi cabaña,
Riberas de este río
A dar el nuevo pasto a mi ganado
Oyendo el son de las parleras aves
O ya gozando el aura
Donde el perdido aliento se restaura.
(LOPE DE VEGA, 1588,p.69.)

Bajo influencia inmediata de su ambiente físico, los poetas sevillanos cantaban al río Guadalquivir, “esplendor de la fortuna poética, río de amor, del puerto, un Betis bucólico que con sus aguas moja la historia de la poesía española” (GALLEGO MORELL, 1972, p. 99.) Y aumentando la larga nómina de autores que cantaban al río Guadalquivir, con referencia a su río natal, escribieron muchos poetas sobe el río sevillano
Do Betis, rey de ríos, excelente
(MOSQUERA DE FIGUEROA, 1955, p198.)

En esta poesía, hay otro homenaje al río Guadalquivir, usando la misma antonomasia ornamental, “Cisne de Betis”, empleada también por Fernando de Herrera y Cristóbal de Mesa:

Cisnes de Betis, caudaloso río.
( IDEM,p.121)

Claro Guadalquivir, si impetuoso.
Con crespas ondas y mayor corriente
Cubrieres nuestros campos mal seguro.
( Arguijo, 1970, p.142)

 

En la “Elegía funeral a Garcilaso de la Vega” del poeta Mosquera de Figueroa hay otra bella referencia a su río natal con características ya barrocas; en esta poesía se observa la presencia efectiva de la voz del poeta proyectando el sentido del dolor retórico. (LARA GARRIDO, 1994, p. l22.) La naturaleza llora la muerte del poeta, “los cisnes”, “ríos”, “montes”, “las aguas”, y “el ciprés”, todos los elementos de la naturaleza se unen protagonizando el dolor colectivo.
La esencia del ciprés es un tema de la tópica funeral o también símbolo de la eternidad, y fue el árbol que con sus tablas Dios ordenó a Noé que hiciese su arca para la perpetuidad de las especies. Ese elemento del paisaje, a pesar de su intrínseco simbolismo, es un árbol que “simboliza la muerte, pero imponente y soberbio; el ciprés es geometría, forma alargada, y representa una pura imagen de devoción y soledad, es decir, silencio encarcelado”, (GALLEGO MORELL, 1970, p.156.) y en la poesía connota la esperanza de la inmortalidad póstuma a través del arte de Garcilaso

Los poetas latinos Horacio, Ovidio, Propercio, Estacio, Marcial celebran el ruiseñor como el ave literaria, ( MALKIEL, 1975, p. 40) que también sirvieron de fuente de inspiración a los poetas áureos. Como elemento de un escenario idílico, el ruiseñor connota aflicción o tristeza. Su simbolismo representa el amor místico. En la elegía a la muerte de Garcilaso la naturaleza se animiza con las quejas del ruiseñor, el poeta Mosquera de Figueroa recrea las Geórgicas de Virgilio a través del mito antiguo, y enlaza su queja lastimera usando también la ègloga I de Gracilazo, la voz del ruiseñor es comparada con el eco de una pena humana. El ruiseñor es ave literaria que representa tradicionalmente el más bello canto que un pájaro puede emitir; tiene melodía musical. Luís de Barahona Soto también hizo una elegía a la muerte de Garcilaso, con elementos retóricos donde la naturaleza se animiza.Aís los poetas siguieron siempre la línea de apología al cristianismo con una exaltación de salmos bíblicos.

Deuteronomio, Antiguo testamento y en Apolipsis, Nuevo testamento, “Los orígenes de esa ave en la literatura proviene de los salmos y su misma magnificencia se encarga de exaltar la gloria del creador y dentro del gran coro cósmico de las criaturas. La palabra humana articula y expresa la súplica y alabanza de todos los demás seres”: En Deuteronomio, Antiguo Testamento, en Apocalipsis y, Nuevo Testamento también en los salmos hay gran doxología que engloba a todos los elementos del cielo y la tierra , la lluvia y el rocío; el fuego y el calor; el sol y la luna, témpanos y hielos, también montes y cumbres, aves del cielo y peces del mar, pueblos todos de la tierra y fieras, ganados, reptiles, el mismo Israel son convocados a participar de un gran coro en alabanza al señor.




En esa naturaleza anímica, cuyos orígenes derivan del paganismo clásico, en la poesía era subjetivizado, el mar con su dolor; la abeja, el ruiseñor, los árboles, las piedras y el mar se unificaban en una especie de acorde sinfónico que expresaban universalmente su dolor:
Hay en las poesías una contemplación estética de la naturaleza y “estos seres de simplicidad anímica encontraban en la presentación la belleza natural de sus arquetipos, la naturaleza con su dolor protagonizaba con referentes simbólicos, como dijo Fernando de Herrera “donde los ríos i mares i tierra se introducen oyendo y hablando unas con las otras” (Herrera, 1994, p.124). Lo que San Juan de La Cruz dice sobre la metáfora del mar:

“Las ínsulas externas están ceñidas con la mar, y allende de los mares muy apartados y apenas de la comunicación de los hombres, y así en ellas se crían y nacen cosas muy diferentes de esas de acá, de muy extrañas maneras y virtudes nunca vistas de los hombres, que hacen gran novedad y admiración a quien las ve”. (BOUSOÑO, 1976, p. 375 )

En los caudales literarios, la presencia de ese elemento de la naturaleza acuática fue escenario de un paisaje real en la vida de casi todos los poetas, especialmente los de la escuela sevillana, ya que casi todos estuvieron en las galeras como soldado.
Al lado de los mitos de Marte y de Proteo, de las náyades y de las ninfas dibujaron verdaderas maravillas con retórica poética. El aspecto metafórico del mar fue muy desarrollado en Horacio, como también en Fray Luis de León que usaba los peligros del mar con sus metáforas con bases morales: “el hombre entra en el puerto basto de bienes (interior) es reconciliado con Dios, sin vivir las furiosas olas que pueden ser las tentaciones que acechan al hombre y ponen en peligro su entrada en el puerto” (SENABRE, 1991, p. 46)
El mar fue un escenario con imágenes de verdadero dinamismo; al mismo tiempo que era peligroso, era la morada de los dioses, ninfas, náyades y musas, un ambiente natural con “olas y vientos” donde acontecen las guerras, pero también un ambiente de belleza y sensualidad:
A todo eso, el poeta intenta adecuar con exactitud la palabra obvia, con un significado más cercano a la realidad. El mar furioso está presente en las poesías:

el mar soberbio, fiero y espumoso
los caudalosos ríos obedecen
(MOSQUERA, 1955, p. 149)

Los poetas que tuvieron experiencias en el mar, y han vivido allí algunos escenarios reales de la gloria imperial, han encontrado en la milicia marina fuente de inspiración para hablar de la naturaleza real y anímica. Junto con esos elementos de la naturaleza, mar y viento, los poetas áureos usaran la comparación, ora de acuerdo, ora en oposición con el destino humano:
La naturaleza tenía reacciones similares a la de los hombres. Los poetas cantaron al cisne, ave literaria cuya simbología denota lo trágico; la naturaleza se agota, el personaje está consumido, el cisne simboliza la muerte;

Según la leyenda, cuando un cisne canta triste está pronosticando su muerte: “Cisne – este que rey de Ligurina, primo de Faeton, que llorando su muerte se convirtió en cisne, también se refiere al hijo de Netuno, muerto por Aquiles envuelto en cisne. Viven los cisnes en lagos i rios i paludes, como es autor Aristóteles, i Alberto dize que habitan más en los estanques que en los ríos. Ovidio escribe en el que viven en los ríos”. (HERRERA, 1578, p. 825)

En el mundo animal, la naturaleza era antropomorfizada y habitada por animales que participaban de lo divino, y con eso permite una ubicación ambiental del protagonista, todo por contingencia de una Arcadia más real, o como una feliz imitación o más un hábil mosaico de todos los bucólicos antiguos desde Teócrito, hasta Calpurnio y Nemesiano. En esas zonas literarias hay un rango comparativo y metafórico y los términos son escogidos preferentemente del reino animal, pero también del reino vegetal.
“Las abejas”, “los cisnes”, “el ruiseñor”, “el ciervo,” son símbolos de una naturaleza que participa de lo sagrado; desde las sirenas, pasando por la serpiente hasta el ciervo, todos expresan el paisaje placentero de una naturaleza habitada:

Y las dulces abejas, descuidadas
de la solicitud en que vivían,
olvidaron las flores rociadas

solas quejas allí se permitían
al blando ruiseñol por su tristeza,
que al campo en un dolor común.
(MOSQUERA, 1955, p. 139)

También el “ciervo herido” y “la mansa oveja” en la Arcadia presentaban una identificación con un sentido religioso, asociado a la fe cristiana y en comparación con Jesús. El simbolismo con elementos de la naturaleza era el medio común de exponer las doctrinas religiosas. Cristo connota un siervo sin dejar de ser pastor y nos dirige y apacienta, como ovejas, que con espíritu de mansedumbre, fidelidad y humildad somos parte de su rebaño, haciendo una verdadera apología a las lecciones bíblicas.
En muchas ocasiones aparece en las poesías, la liturgia de la creación donde hay una invocación de alabanza al señor; nuevamente aparece el salmo 150, donde la naturaleza animal con, “la mansa oveja”, “el ruiseñor”, y “el cisne” con sus cantos, forman una liturgia cósmica, y, así, todo adquiere aliento vital en la naturaleza, en perfecto orden con la moral cristiana.

El mundo natural aparece con nombres geográficos de ríos reales. El cuadro compuesto por los nombres geográficos denominado por los ríos, como morada de las ninfas, o con presencia de un paisaje natural del mundo pastoril, con mucha identidad usado por Garcilaso, fray Luis de León, Fernando de Herrera, Mosquera y otros, que ya encarnaban la personificación del Betis como río Guadalquivir, del Tajo, del Tormes, del Danubio, y Nilo los mismos ríos citados por los poetas sevillanos.
El padre Tormes ya de hoy más espera
( MOSQUERA, 1955, p. 171)

y las ninfas del Tajo, que salieron
( IDEM, p. 135)

que donde baña el Ganges caudaloso
(IBIDEM, p. 192)

Y tú, Danubio, es bien le respondas.
(MOSQUERA, 1955, p. 135)

Las colunas del grande Briareo
Miran; i, al tremolar de tus vanderas,
Torció el Nilo medroso la corriente.
(HERRERA, 1578,p. 453).


3.Bibliografía.
1. ISAZA,CALDERÓN, Baltazr, El retorno de la naturaleza, Madrid, Industrias Gráficas, 1966.en una aurea mediocritas
2. LÓPEZ, Vicente Cristóbal, Virgilio y la temática bucólica en la tradición clásica, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 1980.3. AGRAIT, Gustavo, El beatus ille en la poesía lírica del Siglo de Oro, Puerto Rico, Universitaria, Universidad de Puerto Rico, 1971.
4. AVALLE-ARCE, Juan Bautista, La novela pastoril española, Madrid, Revista de Occidente, 1959.
5. LA VEGA, Garcilaso de, Obras completas .Fundación Universitaria. Madrid, 1981
6. GALLEGO MORELL, Antonio, “El río Guadalquivir en la poesía,” en Diez ensayos sobre literatura española, Madrid, Revista de Occidente, 1972.
7. LARA GARRIDO, José, Poética Manierista y texto plural, La poesía de Luís Barahona Soto, Madrid, Diputación Provincial, 1994.
8. HERRERA, Fernando de, Anotaciones a la poesía de Garcilaso, ED. José Cano Reyes. Cátedra. Madrid.2001.
9. LARA GARRIDO, José, Poética Manierista y texto plural, La poesía de Luís Barahona Soto, Madrid, Diputación Provincial, 1994.
10. BLECUA, José Manuel. Sobre la poesía de la edad de Oro. Madrid, Gredos, 1970.
11. GALLEGO MORELL, Antonio, “El ciprés de Silos en la poesía”, en Diez ensayos sobre poesía española, Madrid. Revista de Occidente, 1972.
12. LIDA DE MALKIEL, María Rosa, La tradición clásica en España, Barcelona, Ariel, 1975.
13. BOUSOÑO, Carlos, Teoría de la expresión poética, Madrid, Gredos, 1976, p. 375.
14. PEREIRA, Pe. Antônio Augusto, Antigo e Novo Testamento, São Paulo, Difusão Cultural do Livro.